sábado, 24 de abril de 2010

SER POETA ESTÁ DE MODA





SER POETA ESTÁ DE MODA (Fragmento I)

Nunca confíes en un poeta que dice la verdad...
!Es capas de decirlo todo!


LAS DEIDADES QUE PERDÍ

Nunca acabé de recordar
cómo empezó a deformarse mi visión
sobre las percepciones universales
de las cosas.

Es cierto,
las manos de mujer
dejaron de ser una fuga
para convertirse en cualidades
erróneas de cualquier ente femenino,
los ósculos perdieron esencia matutina
y mutaron a una condena desatrozamente perpetua,
la voz aguda de las pinceladas vivificantes
despadazaron su initrínseca cualidad
y aperturaron un sonido de acuarelas
con fines contranostalgicos.

A pesar de ello,
hubo algo que sí pude recordar,
el inicio tuvo nombre de final
y el final nombre de obsolencia.

sábado, 10 de abril de 2010

UN AÑO EN CINCO MINUTOS


Que vendrá después de la soledad?
-Mario Benedetti-


La mano derecha de Sebastián Pietro cogía una pistola, mientras que la otra tamborileaba sus muslos suavemente. Los ronquidos de su esposa combinado con los latidos frenéticos de su corazón le proporcionaban a sus sentidos un sonido impertinente. Levantó el arma y apuntó hacia su mujer. Los escepticismos se habían esfumado de sus entrañas como fantasmas de medianoche y pudo ser testigo de cómo los nervios y sus perversos matices se le poseían en el cuerpo. Un fuerte estremecimiento originado desde la espina dorsal hasta las falanges de sus dedos lo debilitó, pero la pistola siguió firme en su posición. Permaneció estático en la alcoba y para darse fuerzas comenzó a recordar todo.



Amaya Vasco apareció en la vida de Sebastián durante la presentación de un libro y por azares del destino se encontraban siempre en el mismo metro. Se hicieron muy amigos. A las pocas semanas el alcohol y los sentimientos los llevaron a hacer el amor (o el sexo) en el baño del departamento de un amigo. Se convirtieron en amantes furtivos por un tiempo y luego pasaron de ser compañeros ocasionales del placer a novios que lucían sus anillos ante todas sus amistades. Se casaron prontamente y viajaron a París. Al regresar, Amaya dejó los estudios para dedicarse a la remodelación de la casa. Sebastián siguió trabajando como editor en un periódico importante. Las cosas iban bien hasta que su esposa naufragó en una depresión profunda por la muerte de su madre, no quería comer, le tenía pavor a la calle y a relacionarse con la gente. Acudieron varios psicólogos y psiquiatras sin ningún resultado positivo. Sebastián no podía hacer nada y decidió enviarla con su padre a España por un tiempo. Cuando fue a tramitar los papeles para que su mujer pudiera viajar, el encargado le dije que eso era imposible y lo miró con cara de extrañeza, como creyéndolo loco. Sebastián fue a quejarse y le dijeron que su esposa había muerto hace un par de semanas. Eso era imposible, dos horas habían pasado desde que la había visto en el cuarto con la misma actitud huraña. Se asustó y corrió a casa. Ella seguía ahí, llorando, con el cuerpo y el alma en otra dimensión. Era imposible que estuviera muerta aunque su vida careciera de sustancia y definición. Sebastián se le acercó para acariciarle el pelo y ella ni se inmutó. La mente de él giraba como una noria y las posibilidades de que la noticia, que no tenía ni pies ni cabeza, fuera una realidad, lo ponía intransigente. Le vino algo a la mente y se paró para ir al ordenador que estaba en el hall de la casa. Comenzó una ardua búsqueda por todos los nombres de los ciudadanos del país. No encontró nada de lo que buscaba y sintió una punzada en la sien. Dedicó horas de su tiempo a investigar sobre la existencia de un posible homónimo de su esposa. El estado le dio los mismos resultados: Sólo había una Amaya Vasco López. Sebastián comenzaba a desesperase y solicitó un certificado de defunción para enterarse la instancias en las que había muerto supuestamente su esposa. La necropsia indicaba que una sobredosis de ansiolíticos había bloqueado el funcionamiento del corazón. Después de cavilar un momento en el cuarto vacío de la casa decidió decírselo a Amaya, aunque ella no lo escuchara. Había logrado liberarse de un pequeño pedazo de la inmensa opresión, pero ya no podía más con esa compleja vida que estaba llevando estos últimos días y sabía que la solución no era otra que mandar a su esposa a España. Llamó a unos cuantos amigos para que corroboraran que Amaya existía y que él no era víctima de una enfermedad esquizofrénica. Ellos la vieron tan viva y tan muerta que solo atinaron a preguntar qué le pasaba. Esa pregunta fue un alivio para Sebastián que luego de que se fueran decidió salir para demostrarles a los agentes migratorios que su esposa estaba viva. La puerta estaba cerrada con un candado, intentó abrirla con una sarta de llaves que estaban colgadas en la pared. Un metal frío tocó su cráneo, la voz de Amaya lo empujó hasta el rincón de la sala. Le obligó a largarse de casa dejando todos sus bienes y lo amenazó con asesinarlo si hacía lo contrario. Sebastián comprendió que jamás debió decirle sobre su muerte, porque la soledad y el dolor la habían convertido en una persona peligrosa. Se fue de la casa si un centavo y repartió su tiempo en el silencio de las playas crepusculares, en el frío de los puentes y en una idónea solución. No podía denunciarla porque ella no existía en esos papeles grises y la única solución que se le ocurrió fue convertirse en un asesino y darle de su propia medicina, en medio de este eslabón encrusijado. Consiguió un arma por medio de uno de sus amigos, lleno de rencor y desesperación corrió a su casa y esperó a que cayera la noche para poder trepar por la ventana.


Amaya se movió de la cama para buscar el lado más frío. Sebastián se asustó y retrocedió lentamente. No podía ir en contra de sus principios, comenzó a dudar de su convicción y cerró los ojos para no sentir la bilis. Izó el arma, mientras entreabría los párpados. Disparó. El sonido de bala retumbó en el cuarto dejando una costra en el aire. El arma cayó junto con el cuerpo de Sebastián y la sangre salpicó las ventanas, dejando un horizonte incierto