viernes, 12 de marzo de 2010

ANECDOTARIO 9


FÁBRICA DE COLORES

Casi ni sentí el viaje, estaba concentrado en los articuentos de Millás, por un momento pensé que me había pasado de paradero hace media hora, pero cuando me fijé bien estaba equivocado y faltaba como cinco cuadras para llegar al emporio comercial de Gamarra. Mi mamá dormía a mi costado, por la posición en la que se encontraba deduje que descansaba placenteramente. Quise no despertarla para irnos hasta el último paradero, mientras yo me devoraba el libro, puesto que en mi casa no podía leerlo ya que el vicio virtual me sumerge en sus aguas. Pero no estaba dispuesto a arriesgarme a correr el peligro de que mi mamá despertará y me diera un coscorrón por mi imprudencia. La liberé de los brazos de Morfeo y bajamos en el paradero que venía.

Mi temor a estos sitios tan concurrido por personas freak me convierte en un paranoico extremista. Guardo mi libro en la bolsa de mi mamá y la abrazo para sentirme más seguro y de paso para que no le roben. Camino mirando a todos lados y siento que me persiguen. No logro saber quién, pero la sensación apócrifa me acelera el corazón.

Pero ya sé que no debo preocuparme por esta obstinada alucinación, por que ya varias veces he experimentado este tipo de experiencias en estos sitios y siempre el aburrimiento ha terminado por vencer a la preocupación. No quiero ser aguafiestas con mi mamá y me contengo. El tiempo transcurre sin piedad y la noche ya comienza a dar sus primeros indicios de existencia. Entramos a una tienda, no le gusta nada . A otra, tampoco. Estoy en plena peregrinación, hasta que por fin encuentra algo y bajamos hasta un sotano que parece el inframundo por que esta demasiado camufaldo. Pero hay buena ropa, me quedo sorprendido con los polos que lucen los maniquis corpulentos, me miro al espejo y me decepciono. Mi madre escoge unas faldas simpáticas y lo pide en color verde. La vendedora busca y le muestra todo un pilote de diez unidades de distintos tonos de verde. Para mí resulta insólito ese acto, en cambio para mi mamá y la negociante resulta un hecho casi cotidiano. Tenemos verde manzana, verde agua, verde loro, verde militar, verde petróleo, verde óleo, verde botella, verde hierba, verde pálido... Ah y aquí también hay un verde viejo - le dice. Pienso que si hay verde viejo también habrá verde bebé, verde puber, verde adolescente, verde adulto, verde maduro y verde senil. La idea me perturba y me pongo a observar la transacción atentamente.

Cuando por fin termina de comprar todo damos unas cuantas vueltas por algunos locales para buscar lana. Antes de llegar al paradero para tomar el bus encontramos una tienda que los vende y entramos. Otra ves quedo sorprendido al ver el catálogo de colores de lana que nos muestra el joven. Hay rojo sangre, rojo tomate, rojo metálico, etc.

En el bus de regreso mientras mi mamá va conversando por celular me pongo a pensar que es un mal negocio estudiar periodismo y que en este mundo tan estético y consumista resulta un negocio redondo crear distintos tonos de colores. Aun así sean iguales puedes usar tus artimañas de negociante para que el comprador termine creyendo que son disimiles. Por mi parte he decidido comenzar a crear distintos matices, para luego aperturar una gran empresa.

Estos son alguno de los colores en los que he pensado: Color Edward Abarca, color Carlo Reátegui, color Rodrigo Jauregui, color Carlos Rosas, color Jireh Pamela, color Diego Abarca, color Kevin Alfaro, color Teresa Quintanilla y hasta color Mario Vargas LLosa, color Julio Cortazar, color Mario Benedetti, color Gabriel García Marquez, color Juan Rulfo, etc, etc. Vaya que si es un buen negocio...

jueves, 11 de marzo de 2010

VIVIR NO ESTÁ DE MODA


*Cuento entregado al taller de Renato Cisneros*


Te despertaste sudando y con la respiración acelerada. Intentaste regular tu ritmo agitado y no pudiste, pensaste en la muerte, te asusto la idea y por eso decidiste levantarte y tomar aire fresco. Saliste a tu alcoba y la serenidad volvió a tu alma. Cuando ya estabas totalmente reconfortado del susto entraste de nuevo a tu cuarto y te acurrucaste con las sábanas para intentar dormir de nuevo. No pudiste y te pusiste a divagar en medio de la nada. Cuando recobraste la conciencia, una situación fortuita te hizo dirigir la mirada al frente. Había un reloj de pared que marcaba las once. No le tomaste importancia hasta que viste la fecha del día en tu celular. Preso de una ignominiosa desesperación te cambiaste rápidamente con lo primero que encontraste a la mano. Apenas y tuviste tiempo de humedecer tu rostro con un paño y una colonia. Buscaste apresurado la llave del wolksvagen y no la encontraste por ningún lado. Desesperado viste como solución ir en taxi. Por un momento odiaste a superman por no poder volar. Rebuscaste por última vez en tus cajones y encontraste la llave camuflada entre las cartas furtivas de tus exs novias. Saliste de casa y partiste embalado, dejando en la calle un olor a llanta quemada.


Tomaste la ruta más cercana, te fuiste por la Vía Expresa. El tiempo te condenaba a imitar a un corredor de fórmula uno. Los muchachos de tu clase te debían estar esperando compungidos. O quizá coléricos. A mitad de la ruta llamaste a una vendedora desde tu ventana. Querías comprar un chocolate para suplir falsamente el desayuno que no habías tomado. No pudiste negociar con la ambulante por la excesiva bulla del carro que se instaló a tu costado. La salsa de Héctor Lavoe te irritó al instante y viraste al costado para gritarle al conductor que bajara su volumen. Te quedaste pasmado al verlo y al ver el auto. Todo era idéntico, llevaba el mismo zapato de cuando eras pequeño colgado en el espejo, tenía el mismo aromatizador, llevaba uno papeles en el asiento aledaño y lo más insólito, que el conductor era una copia exacta tuya. Dudaste por un instante y sacudiste la cabeza. No había confusión, él eras tú. Te llevaste la mano a la cabeza y sorprendido viste como tu copia lo hacía también. Las bocinas de los autos que estaban atrás tuyo te hicieron asustar y al ver que el carro en el que iba tu clon partía rápidamente, aceleraste y lo seguiste. Mientras lo tratabas de observar a dos carros delante tuyo, el semáforo cambio a rojo, y decidiste llamar al encargado de la clase que tenías que dictar en Jesús María. La voz ronca del otro auricular contestó y le explicaste que no ibas a poder ir por que estabas atascado en la Vía Expresa por culpa de un accidente. Te creyeron y colgaste. De repente sí tenías algo de razón, te había ocurrido un accidente, las llamas de tus incógnitas hedonistas habían tocado tu puerta y te diste cuenta que lo que alguna vez imaginaste que podía ser un placer divertido se había convertido en una desolada desesperación.


Llegaste hasta las calles de La Victoria, nunca te habías fijado en el inmenso monumento a Maco Cápac, pero te parecía heteróclito que tu otro yo lo hiciera con la avidez de un escultor. Estacionaste el carro, al igual que él, en una calle cercana a la plaza. Lo seguiste, sus pasos te llevaron a una de las bancas de la plaza. Agazapado en un rincón lo observaste. Vino un señor con terno que conversaba por celular y lo saludó, intercambiaron palabras y también un paquete. Luego se fueron caminando por la avenida, hasta llegar al cine Beverlly, se despidieron y tu clon entró al cine no sin antes mirar a todos lados, un poco asustado. Lo seguiste sin pagar nada. Te sentaste en la butaca más cercana a él, cogiste un papel e hiciste el ademán de leerlo con tal de que él no te viera. Las luces se apagaron y tuviste que agudizar la vista. La película estaba comenzando pero no despegaste tu mirada de él. Hasta que un gemido excitante te hizo perder la concentración. Te habías metido a un cine que proyectaba películas para adultos. Todo esto te parecía muy raro. La sala no paraba de emitir sonidos quejumbrosos. Esperaste con calma que las luces se encendieran una vez terminada la función. Seis asientos al costado tuyo había una pareja de hombres, uno de ellos se subía el cierre, pero no te llamó la atención por que estabas concentrado en el hecho más histórico de tu vida. Seguiste al susodicho hacia el baño. Esperaste afuera. Un sonido de bala te hizo sobresaltar, te asomaste a ver lo que había pasado pero la puerta se abrió y te hizo retroceder. Viste a tu otro yo corriendo desesperadamente con una pistola en la mano. Fuiste tras él pero al salir del cine ya era demasiado tarde, apenas y pudiste ver como se subía a un taxi amarillo. Se fue y te quedaste en silencio. Te sentiste condenado a no vivir en paz y viste que la gente salía del cine desesperadamente, pensaste que te podían confundir con el gestor de tan brutal acto y te escondiste al costado de la boletería. Cuando la policía ingresó al lugar del homicidio notaste que te podías camuflar entre la gente aglomerada. Poco a poco fuiste huyendo y cuando ya estabas libre corriste en busca de tu auto. Arrancaste y partiste sin rumbo.


Decidiste volver a casa, estabas devastado, te echaste en la cama y encendiste un cigarro. Te pellizcaste para comprobar que no eras víctima de un mal sueño, pero todo seguía igual, no pudiste resignarte y hasta quemaste tu mano con el encendedor y no sentiste nada. Te serviste un shot de vodka y lo tomaste de golpe, sin suavizarlo con limón y sal. Caminaste hasta el baño cabizbajo, te lavaste la cara y cuando levantaste el rostro para verte en el espejo te asustaste y sentiste que tu alma se perturbaba. No había tu reflejo…