
FÁBRICA DE COLORES
Casi ni sentí el viaje, estaba concentrado en los articuentos de Millás, por un momento pensé que me había pasado de paradero hace media hora, pero cuando me fijé bien estaba equivocado y faltaba como cinco cuadras para llegar al emporio comercial de Gamarra. Mi mamá dormía a mi costado, por la posición en la que se encontraba deduje que descansaba placenteramente. Quise no despertarla para irnos hasta el último paradero, mientras yo me devoraba el libro, puesto que en mi casa no podía leerlo ya que el vicio virtual me sumerge en sus aguas. Pero no estaba dispuesto a arriesgarme a correr el peligro de que mi mamá despertará y me diera un coscorrón por mi imprudencia. La liberé de los brazos de Morfeo y bajamos en el paradero que venía.
Mi temor a estos sitios tan concurrido por personas freak me convierte en un paranoico extremista. Guardo mi libro en la bolsa de mi mamá y la abrazo para sentirme más seguro y de paso para que no le roben. Camino mirando a todos lados y siento que me persiguen. No logro saber quién, pero la sensación apócrifa me acelera el corazón.
Pero ya sé que no debo preocuparme por esta obstinada alucinación, por que ya varias veces he experimentado este tipo de experiencias en estos sitios y siempre el aburrimiento ha terminado por vencer a la preocupación. No quiero ser aguafiestas con mi mamá y me contengo. El tiempo transcurre sin piedad y la noche ya comienza a dar sus primeros indicios de existencia. Entramos a una tienda, no le gusta nada . A otra, tampoco. Estoy en plena peregrinación, hasta que por fin encuentra algo y bajamos hasta un sotano que parece el inframundo por que esta demasiado camufaldo. Pero hay buena ropa, me quedo sorprendido con los polos que lucen los maniquis corpulentos, me miro al espejo y me decepciono. Mi madre escoge unas faldas simpáticas y lo pide en color verde. La vendedora busca y le muestra todo un pilote de diez unidades de distintos tonos de verde. Para mí resulta insólito ese acto, en cambio para mi mamá y la negociante resulta un hecho casi cotidiano. Tenemos verde manzana, verde agua, verde loro, verde militar, verde petróleo, verde óleo, verde botella, verde hierba, verde pálido... Ah y aquí también hay un verde viejo - le dice. Pienso que si hay verde viejo también habrá verde bebé, verde puber, verde adolescente, verde adulto, verde maduro y verde senil. La idea me perturba y me pongo a observar la transacción atentamente.
Cuando por fin termina de comprar todo damos unas cuantas vueltas por algunos locales para buscar lana. Antes de llegar al paradero para tomar el bus encontramos una tienda que los vende y entramos. Otra ves quedo sorprendido al ver el catálogo de colores de lana que nos muestra el joven. Hay rojo sangre, rojo tomate, rojo metálico, etc.
En el bus de regreso mientras mi mamá va conversando por celular me pongo a pensar que es un mal negocio estudiar periodismo y que en este mundo tan estético y consumista resulta un negocio redondo crear distintos tonos de colores. Aun así sean iguales puedes usar tus artimañas de negociante para que el comprador termine creyendo que son disimiles. Por mi parte he decidido comenzar a crear distintos matices, para luego aperturar una gran empresa.
Estos son alguno de los colores en los que he pensado: Color Edward Abarca, color Carlo Reátegui, color Rodrigo Jauregui, color Carlos Rosas, color Jireh Pamela, color Diego Abarca, color Kevin Alfaro, color Teresa Quintanilla y hasta color Mario Vargas LLosa, color Julio Cortazar, color Mario Benedetti, color Gabriel García Marquez, color Juan Rulfo, etc, etc. Vaya que si es un buen negocio...
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