viernes, 7 de mayo de 2010

YO NO SOY YO, EVIDENTEMENTE

El canino cambia
el incisivo muerde
el diente izquierdo muere
y las muelas resucitan
Yo, no soy yo, evidentemente...

lunes, 3 de mayo de 2010

CALCULOS DE RENTABILIDAD SOBRE EL VANO OFICIO (I)




Acababa de comer un platillo insignificante en la esquina de la universidad. El señor con boina gris que se parecía el Che Guevara me acababa de traer la cuenta. Saqué mi billetera vieja y extraje de su senil cuerpo un trozo de papel. Luego desenvainé el lapicero del bolsillo y grafiqué en el papel blando un artilugio contra la mala jornada. Lapoesianuestradecadadía. Junté mis manos con un ritmo parecido al de la sítole y diástole, mientras el señor de la boina me miraba desde lejos con el humo de la falange de nicotina hirbiendo en el aire. Bajo el umbral de la vereda de mis pensamientos cruzó raudamente un ciego canoso y con dejo gaucho. Cuando acababa de salir del telón pude reconocer su bastón y la sabiduría que se encerraba en ella, como una vieja temporada en el purgatorio. Detrás suyo venía la R transformada en G montada en un cronopio que seguía la continuidad de los parques. El sueño de todo literato. Pero cuando me creía perdido en medio de su fauna de letras y sin un centavo de poemas en el alma con el cual pagar extendió sus manos el buen Benedetti y sus utopías para abrazarme junto al viento.


El señor de la boina me interrumpió del devaneo onírico. Le dije que no tenía modo alguno de pagar. Lapoesianuestradecadadía no soltaba la tinta exacta para la antología. Ofrecí que como forma de pago podía lavar un par de poemas sucios del lavadero. El de la boina me miro y se fue a conversar con un flaco de sastre negro que estaba en la barra y miraba al horizonte. El horizonte tenía nombre de Ágape. Después de un preludio casi inexplicable entré a la cocina y me puse un mandil para freir una docena de palabras.

Salí cansado, no era bueno para el oficio. Me despedí del flaco y del señor de la Boina. Me entregaron un par de monedas versificadas para el camino. Salí del local y mientras caminaba a unas clases aburridas de matemática, Neruda y Vallejo conversaban -con un tabaco entre los dedos- lo triste que era ser poeta en esta vida...!

sábado, 24 de abril de 2010

SER POETA ESTÁ DE MODA





SER POETA ESTÁ DE MODA (Fragmento I)

Nunca confíes en un poeta que dice la verdad...
!Es capas de decirlo todo!


LAS DEIDADES QUE PERDÍ

Nunca acabé de recordar
cómo empezó a deformarse mi visión
sobre las percepciones universales
de las cosas.

Es cierto,
las manos de mujer
dejaron de ser una fuga
para convertirse en cualidades
erróneas de cualquier ente femenino,
los ósculos perdieron esencia matutina
y mutaron a una condena desatrozamente perpetua,
la voz aguda de las pinceladas vivificantes
despadazaron su initrínseca cualidad
y aperturaron un sonido de acuarelas
con fines contranostalgicos.

A pesar de ello,
hubo algo que sí pude recordar,
el inicio tuvo nombre de final
y el final nombre de obsolencia.

sábado, 10 de abril de 2010

UN AÑO EN CINCO MINUTOS


Que vendrá después de la soledad?
-Mario Benedetti-


La mano derecha de Sebastián Pietro cogía una pistola, mientras que la otra tamborileaba sus muslos suavemente. Los ronquidos de su esposa combinado con los latidos frenéticos de su corazón le proporcionaban a sus sentidos un sonido impertinente. Levantó el arma y apuntó hacia su mujer. Los escepticismos se habían esfumado de sus entrañas como fantasmas de medianoche y pudo ser testigo de cómo los nervios y sus perversos matices se le poseían en el cuerpo. Un fuerte estremecimiento originado desde la espina dorsal hasta las falanges de sus dedos lo debilitó, pero la pistola siguió firme en su posición. Permaneció estático en la alcoba y para darse fuerzas comenzó a recordar todo.



Amaya Vasco apareció en la vida de Sebastián durante la presentación de un libro y por azares del destino se encontraban siempre en el mismo metro. Se hicieron muy amigos. A las pocas semanas el alcohol y los sentimientos los llevaron a hacer el amor (o el sexo) en el baño del departamento de un amigo. Se convirtieron en amantes furtivos por un tiempo y luego pasaron de ser compañeros ocasionales del placer a novios que lucían sus anillos ante todas sus amistades. Se casaron prontamente y viajaron a París. Al regresar, Amaya dejó los estudios para dedicarse a la remodelación de la casa. Sebastián siguió trabajando como editor en un periódico importante. Las cosas iban bien hasta que su esposa naufragó en una depresión profunda por la muerte de su madre, no quería comer, le tenía pavor a la calle y a relacionarse con la gente. Acudieron varios psicólogos y psiquiatras sin ningún resultado positivo. Sebastián no podía hacer nada y decidió enviarla con su padre a España por un tiempo. Cuando fue a tramitar los papeles para que su mujer pudiera viajar, el encargado le dije que eso era imposible y lo miró con cara de extrañeza, como creyéndolo loco. Sebastián fue a quejarse y le dijeron que su esposa había muerto hace un par de semanas. Eso era imposible, dos horas habían pasado desde que la había visto en el cuarto con la misma actitud huraña. Se asustó y corrió a casa. Ella seguía ahí, llorando, con el cuerpo y el alma en otra dimensión. Era imposible que estuviera muerta aunque su vida careciera de sustancia y definición. Sebastián se le acercó para acariciarle el pelo y ella ni se inmutó. La mente de él giraba como una noria y las posibilidades de que la noticia, que no tenía ni pies ni cabeza, fuera una realidad, lo ponía intransigente. Le vino algo a la mente y se paró para ir al ordenador que estaba en el hall de la casa. Comenzó una ardua búsqueda por todos los nombres de los ciudadanos del país. No encontró nada de lo que buscaba y sintió una punzada en la sien. Dedicó horas de su tiempo a investigar sobre la existencia de un posible homónimo de su esposa. El estado le dio los mismos resultados: Sólo había una Amaya Vasco López. Sebastián comenzaba a desesperase y solicitó un certificado de defunción para enterarse la instancias en las que había muerto supuestamente su esposa. La necropsia indicaba que una sobredosis de ansiolíticos había bloqueado el funcionamiento del corazón. Después de cavilar un momento en el cuarto vacío de la casa decidió decírselo a Amaya, aunque ella no lo escuchara. Había logrado liberarse de un pequeño pedazo de la inmensa opresión, pero ya no podía más con esa compleja vida que estaba llevando estos últimos días y sabía que la solución no era otra que mandar a su esposa a España. Llamó a unos cuantos amigos para que corroboraran que Amaya existía y que él no era víctima de una enfermedad esquizofrénica. Ellos la vieron tan viva y tan muerta que solo atinaron a preguntar qué le pasaba. Esa pregunta fue un alivio para Sebastián que luego de que se fueran decidió salir para demostrarles a los agentes migratorios que su esposa estaba viva. La puerta estaba cerrada con un candado, intentó abrirla con una sarta de llaves que estaban colgadas en la pared. Un metal frío tocó su cráneo, la voz de Amaya lo empujó hasta el rincón de la sala. Le obligó a largarse de casa dejando todos sus bienes y lo amenazó con asesinarlo si hacía lo contrario. Sebastián comprendió que jamás debió decirle sobre su muerte, porque la soledad y el dolor la habían convertido en una persona peligrosa. Se fue de la casa si un centavo y repartió su tiempo en el silencio de las playas crepusculares, en el frío de los puentes y en una idónea solución. No podía denunciarla porque ella no existía en esos papeles grises y la única solución que se le ocurrió fue convertirse en un asesino y darle de su propia medicina, en medio de este eslabón encrusijado. Consiguió un arma por medio de uno de sus amigos, lleno de rencor y desesperación corrió a su casa y esperó a que cayera la noche para poder trepar por la ventana.


Amaya se movió de la cama para buscar el lado más frío. Sebastián se asustó y retrocedió lentamente. No podía ir en contra de sus principios, comenzó a dudar de su convicción y cerró los ojos para no sentir la bilis. Izó el arma, mientras entreabría los párpados. Disparó. El sonido de bala retumbó en el cuarto dejando una costra en el aire. El arma cayó junto con el cuerpo de Sebastián y la sangre salpicó las ventanas, dejando un horizonte incierto

viernes, 12 de marzo de 2010

ANECDOTARIO 9


FÁBRICA DE COLORES

Casi ni sentí el viaje, estaba concentrado en los articuentos de Millás, por un momento pensé que me había pasado de paradero hace media hora, pero cuando me fijé bien estaba equivocado y faltaba como cinco cuadras para llegar al emporio comercial de Gamarra. Mi mamá dormía a mi costado, por la posición en la que se encontraba deduje que descansaba placenteramente. Quise no despertarla para irnos hasta el último paradero, mientras yo me devoraba el libro, puesto que en mi casa no podía leerlo ya que el vicio virtual me sumerge en sus aguas. Pero no estaba dispuesto a arriesgarme a correr el peligro de que mi mamá despertará y me diera un coscorrón por mi imprudencia. La liberé de los brazos de Morfeo y bajamos en el paradero que venía.

Mi temor a estos sitios tan concurrido por personas freak me convierte en un paranoico extremista. Guardo mi libro en la bolsa de mi mamá y la abrazo para sentirme más seguro y de paso para que no le roben. Camino mirando a todos lados y siento que me persiguen. No logro saber quién, pero la sensación apócrifa me acelera el corazón.

Pero ya sé que no debo preocuparme por esta obstinada alucinación, por que ya varias veces he experimentado este tipo de experiencias en estos sitios y siempre el aburrimiento ha terminado por vencer a la preocupación. No quiero ser aguafiestas con mi mamá y me contengo. El tiempo transcurre sin piedad y la noche ya comienza a dar sus primeros indicios de existencia. Entramos a una tienda, no le gusta nada . A otra, tampoco. Estoy en plena peregrinación, hasta que por fin encuentra algo y bajamos hasta un sotano que parece el inframundo por que esta demasiado camufaldo. Pero hay buena ropa, me quedo sorprendido con los polos que lucen los maniquis corpulentos, me miro al espejo y me decepciono. Mi madre escoge unas faldas simpáticas y lo pide en color verde. La vendedora busca y le muestra todo un pilote de diez unidades de distintos tonos de verde. Para mí resulta insólito ese acto, en cambio para mi mamá y la negociante resulta un hecho casi cotidiano. Tenemos verde manzana, verde agua, verde loro, verde militar, verde petróleo, verde óleo, verde botella, verde hierba, verde pálido... Ah y aquí también hay un verde viejo - le dice. Pienso que si hay verde viejo también habrá verde bebé, verde puber, verde adolescente, verde adulto, verde maduro y verde senil. La idea me perturba y me pongo a observar la transacción atentamente.

Cuando por fin termina de comprar todo damos unas cuantas vueltas por algunos locales para buscar lana. Antes de llegar al paradero para tomar el bus encontramos una tienda que los vende y entramos. Otra ves quedo sorprendido al ver el catálogo de colores de lana que nos muestra el joven. Hay rojo sangre, rojo tomate, rojo metálico, etc.

En el bus de regreso mientras mi mamá va conversando por celular me pongo a pensar que es un mal negocio estudiar periodismo y que en este mundo tan estético y consumista resulta un negocio redondo crear distintos tonos de colores. Aun así sean iguales puedes usar tus artimañas de negociante para que el comprador termine creyendo que son disimiles. Por mi parte he decidido comenzar a crear distintos matices, para luego aperturar una gran empresa.

Estos son alguno de los colores en los que he pensado: Color Edward Abarca, color Carlo Reátegui, color Rodrigo Jauregui, color Carlos Rosas, color Jireh Pamela, color Diego Abarca, color Kevin Alfaro, color Teresa Quintanilla y hasta color Mario Vargas LLosa, color Julio Cortazar, color Mario Benedetti, color Gabriel García Marquez, color Juan Rulfo, etc, etc. Vaya que si es un buen negocio...

jueves, 11 de marzo de 2010

VIVIR NO ESTÁ DE MODA


*Cuento entregado al taller de Renato Cisneros*


Te despertaste sudando y con la respiración acelerada. Intentaste regular tu ritmo agitado y no pudiste, pensaste en la muerte, te asusto la idea y por eso decidiste levantarte y tomar aire fresco. Saliste a tu alcoba y la serenidad volvió a tu alma. Cuando ya estabas totalmente reconfortado del susto entraste de nuevo a tu cuarto y te acurrucaste con las sábanas para intentar dormir de nuevo. No pudiste y te pusiste a divagar en medio de la nada. Cuando recobraste la conciencia, una situación fortuita te hizo dirigir la mirada al frente. Había un reloj de pared que marcaba las once. No le tomaste importancia hasta que viste la fecha del día en tu celular. Preso de una ignominiosa desesperación te cambiaste rápidamente con lo primero que encontraste a la mano. Apenas y tuviste tiempo de humedecer tu rostro con un paño y una colonia. Buscaste apresurado la llave del wolksvagen y no la encontraste por ningún lado. Desesperado viste como solución ir en taxi. Por un momento odiaste a superman por no poder volar. Rebuscaste por última vez en tus cajones y encontraste la llave camuflada entre las cartas furtivas de tus exs novias. Saliste de casa y partiste embalado, dejando en la calle un olor a llanta quemada.


Tomaste la ruta más cercana, te fuiste por la Vía Expresa. El tiempo te condenaba a imitar a un corredor de fórmula uno. Los muchachos de tu clase te debían estar esperando compungidos. O quizá coléricos. A mitad de la ruta llamaste a una vendedora desde tu ventana. Querías comprar un chocolate para suplir falsamente el desayuno que no habías tomado. No pudiste negociar con la ambulante por la excesiva bulla del carro que se instaló a tu costado. La salsa de Héctor Lavoe te irritó al instante y viraste al costado para gritarle al conductor que bajara su volumen. Te quedaste pasmado al verlo y al ver el auto. Todo era idéntico, llevaba el mismo zapato de cuando eras pequeño colgado en el espejo, tenía el mismo aromatizador, llevaba uno papeles en el asiento aledaño y lo más insólito, que el conductor era una copia exacta tuya. Dudaste por un instante y sacudiste la cabeza. No había confusión, él eras tú. Te llevaste la mano a la cabeza y sorprendido viste como tu copia lo hacía también. Las bocinas de los autos que estaban atrás tuyo te hicieron asustar y al ver que el carro en el que iba tu clon partía rápidamente, aceleraste y lo seguiste. Mientras lo tratabas de observar a dos carros delante tuyo, el semáforo cambio a rojo, y decidiste llamar al encargado de la clase que tenías que dictar en Jesús María. La voz ronca del otro auricular contestó y le explicaste que no ibas a poder ir por que estabas atascado en la Vía Expresa por culpa de un accidente. Te creyeron y colgaste. De repente sí tenías algo de razón, te había ocurrido un accidente, las llamas de tus incógnitas hedonistas habían tocado tu puerta y te diste cuenta que lo que alguna vez imaginaste que podía ser un placer divertido se había convertido en una desolada desesperación.


Llegaste hasta las calles de La Victoria, nunca te habías fijado en el inmenso monumento a Maco Cápac, pero te parecía heteróclito que tu otro yo lo hiciera con la avidez de un escultor. Estacionaste el carro, al igual que él, en una calle cercana a la plaza. Lo seguiste, sus pasos te llevaron a una de las bancas de la plaza. Agazapado en un rincón lo observaste. Vino un señor con terno que conversaba por celular y lo saludó, intercambiaron palabras y también un paquete. Luego se fueron caminando por la avenida, hasta llegar al cine Beverlly, se despidieron y tu clon entró al cine no sin antes mirar a todos lados, un poco asustado. Lo seguiste sin pagar nada. Te sentaste en la butaca más cercana a él, cogiste un papel e hiciste el ademán de leerlo con tal de que él no te viera. Las luces se apagaron y tuviste que agudizar la vista. La película estaba comenzando pero no despegaste tu mirada de él. Hasta que un gemido excitante te hizo perder la concentración. Te habías metido a un cine que proyectaba películas para adultos. Todo esto te parecía muy raro. La sala no paraba de emitir sonidos quejumbrosos. Esperaste con calma que las luces se encendieran una vez terminada la función. Seis asientos al costado tuyo había una pareja de hombres, uno de ellos se subía el cierre, pero no te llamó la atención por que estabas concentrado en el hecho más histórico de tu vida. Seguiste al susodicho hacia el baño. Esperaste afuera. Un sonido de bala te hizo sobresaltar, te asomaste a ver lo que había pasado pero la puerta se abrió y te hizo retroceder. Viste a tu otro yo corriendo desesperadamente con una pistola en la mano. Fuiste tras él pero al salir del cine ya era demasiado tarde, apenas y pudiste ver como se subía a un taxi amarillo. Se fue y te quedaste en silencio. Te sentiste condenado a no vivir en paz y viste que la gente salía del cine desesperadamente, pensaste que te podían confundir con el gestor de tan brutal acto y te escondiste al costado de la boletería. Cuando la policía ingresó al lugar del homicidio notaste que te podías camuflar entre la gente aglomerada. Poco a poco fuiste huyendo y cuando ya estabas libre corriste en busca de tu auto. Arrancaste y partiste sin rumbo.


Decidiste volver a casa, estabas devastado, te echaste en la cama y encendiste un cigarro. Te pellizcaste para comprobar que no eras víctima de un mal sueño, pero todo seguía igual, no pudiste resignarte y hasta quemaste tu mano con el encendedor y no sentiste nada. Te serviste un shot de vodka y lo tomaste de golpe, sin suavizarlo con limón y sal. Caminaste hasta el baño cabizbajo, te lavaste la cara y cuando levantaste el rostro para verte en el espejo te asustaste y sentiste que tu alma se perturbaba. No había tu reflejo…

miércoles, 24 de febrero de 2010

ANECDOTARIO 8


* Tercer texto entregado al taller de Renato Cisneros *

UN SUEÑO ATÍPICO


Cuando creía que nada digno de contar me había ocurrido en esta semana, me dispuse a desenterrar una historia ficticia que venía tramando desde hace buen tiempo. Admito que esperaría que los lectores me crean cual feligreses fieles que esta es una historia que me pasó hace poco. Pero como los lectores de ahora son bien taimados y sagaces no me creerían ni una pisca. Así que mientras me iba envolviendo en medio de mis devaneos descarriados caí en los brazos de Morfeo y quedé en estado de coma por varias horas.

Desperté cansado y sin ganas de nada. Pero poco a poco fui tomando lucidez y recordé con profunda claridad todo lo que había soñado. La duda, a veces propia de los sueños que se sienten tan de carne y hueso, me invadió y pensé que quizás todo este sueño era una especie de trauma psicologógico que venía acarreando desde muy pequeño. Estaba en jaque frente a una evidencia tan ensordecedora e hilarante. Las imágenes se me vienen a la mente con frenesí y las ganas de contarlo todo se hacen indudablemente más poderosas.

Recuerdo que la escena era una típica cocina de un distrito populoso limeño, con alacenas de mármol, bártulos de plata muy finísimos, una mesa redonda, una cocina de seis hornillas y una potente radio de buena marca que tocaba las mejores trovas de Silvio Rodríguez y Mercedes Sosa. Esa música que me gusta tanto y que son muy buenas para inspirarse y enfrentar al temor de cada escritor: El papel en blanco. En el lugar de los hechos hay dos personajes, un joven muy pelucón que tiene el pelo hondeado, lleva una gorra en la cabeza y tiene una mirada apocada. No hay alguna manera de confundir a ese tipo con otro que no sea yo. Y el otro personaje, es más bien una mujer que al inicio no logré identificar. Ella está sentada en una mesa, con un babero y en las manos lleva un tenedor y una cuchara que las golpea horizontalmente contra la mesa. Yo estoy frente a la hornilla de la cocina, mirando el contenido burbujeante de una olla gigantesca. La manecilla más grande del reloj marca las doce y la más pequeña el treinta. De un momento a otro salgo de la cocina e intento dejar encargado al otro personaje que le eche un ojo a la comida. Pero finalmente decido no hacerlo y me voy. Cabe la posibilidad de que no lo haya hecho por que quizás recordé una escena del cuajinais explicándole al chapulín por qué se quedo ciego (Con la extrañeza y jocosidad que sólo chespirito ha logrado): “Es que mi mamá me dijo anda échale un ojo a los frijoles y yo le eche mi ojo, por eso me quedé tuerto”. Después de algunos minutos volví a la cocina, cogí un cucharon de palo y lo sumergí en la olla, comencé a darle vueltas y luego probé un poco de la sustancia caliente que hervía en la olla. Recién pude darme cuenta que era una sopa hervida con varias especias. Cogí de la alacena un plato hondo y serví un poco del contenido de la olla. Cual si fuera un equilibrista en una cuerda floja llevé el plato hasta la mesa. Luego apagué la cocina y me dirigí donde estaba el otro personaje. Me senté a su costado, llené la cuchara con sopa y la llevé a su boca. Ella levantó la mirada y me di con la sorpresa de que era mi madre. Una señora hermosa con todos los implementos que tiene un niño al comer. Pero eso no me fue impedimento para seguir alimentándola. Mi madre comenzó a renegar pero yo no caí en la angurria. Me votó la sopa y me dijo que no iba a comer eso e hizo un inconfundible puchero. Yo como buen padre, pero que en este caso era el hijo que alimentaba a su madre de cuarenta años, le canté: “Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña…” pesé a mis intentos ella seguía firme en su posición. Recurrí al otro método, cogí la cuchara y le hice imaginar que eso era un avión que volaba por todo el mundo y que después de un largo viaje iba a aterrizar en su boca. A ella ni le interesaba si un legítimo ovni aterrizaba en su paladar. Me sentía frustrado, estaba a punto de tirar la toalla, pero un halo de luz iluminó mi mente y me hizo saber que había un método infalible. Ese método tortuoso que recurre al miedo, esa especie de cuento de terror que los padres usan despiadadamente. Le dije pausadamente, para que entrara bien en su cabeza, que si no comía la sopa iba venir el cuco y se la iba a comer. Pero joder, que insensible se había vuelto mi madre. De un momento a otro se paró, arrojó el babero que tenía la cara de snoopy al suelo y cogió la cuchara. Me tiró un buen coscorrón e invirtió los papeles, era ella quien ahora me obligaba a comer. Yo sabía que no podía decirle que no, porque ella me amenazaría con el perverso cuco y yo para mi mala suerte, en el sueño, seguía creyendo fervorosamente en este monstruo peludo.

He vomitado todo el sueño que tuve y no cabe duda de que los sueñ
os, sueños son. Todo esto me ha hecho recordar algo que alguna vez escribí en uno de mis primeros cuentos: “Soñar es imprescindible. Alguna vez mi tío me dijo que soñar era escapar de la realidad y por eso nunca ha soñado. Creíble o no yo le respondí ¿Entonces, para qué eres humano?”