miércoles, 24 de febrero de 2010

ANECDOTARIO 8


* Tercer texto entregado al taller de Renato Cisneros *

UN SUEÑO ATÍPICO


Cuando creía que nada digno de contar me había ocurrido en esta semana, me dispuse a desenterrar una historia ficticia que venía tramando desde hace buen tiempo. Admito que esperaría que los lectores me crean cual feligreses fieles que esta es una historia que me pasó hace poco. Pero como los lectores de ahora son bien taimados y sagaces no me creerían ni una pisca. Así que mientras me iba envolviendo en medio de mis devaneos descarriados caí en los brazos de Morfeo y quedé en estado de coma por varias horas.

Desperté cansado y sin ganas de nada. Pero poco a poco fui tomando lucidez y recordé con profunda claridad todo lo que había soñado. La duda, a veces propia de los sueños que se sienten tan de carne y hueso, me invadió y pensé que quizás todo este sueño era una especie de trauma psicologógico que venía acarreando desde muy pequeño. Estaba en jaque frente a una evidencia tan ensordecedora e hilarante. Las imágenes se me vienen a la mente con frenesí y las ganas de contarlo todo se hacen indudablemente más poderosas.

Recuerdo que la escena era una típica cocina de un distrito populoso limeño, con alacenas de mármol, bártulos de plata muy finísimos, una mesa redonda, una cocina de seis hornillas y una potente radio de buena marca que tocaba las mejores trovas de Silvio Rodríguez y Mercedes Sosa. Esa música que me gusta tanto y que son muy buenas para inspirarse y enfrentar al temor de cada escritor: El papel en blanco. En el lugar de los hechos hay dos personajes, un joven muy pelucón que tiene el pelo hondeado, lleva una gorra en la cabeza y tiene una mirada apocada. No hay alguna manera de confundir a ese tipo con otro que no sea yo. Y el otro personaje, es más bien una mujer que al inicio no logré identificar. Ella está sentada en una mesa, con un babero y en las manos lleva un tenedor y una cuchara que las golpea horizontalmente contra la mesa. Yo estoy frente a la hornilla de la cocina, mirando el contenido burbujeante de una olla gigantesca. La manecilla más grande del reloj marca las doce y la más pequeña el treinta. De un momento a otro salgo de la cocina e intento dejar encargado al otro personaje que le eche un ojo a la comida. Pero finalmente decido no hacerlo y me voy. Cabe la posibilidad de que no lo haya hecho por que quizás recordé una escena del cuajinais explicándole al chapulín por qué se quedo ciego (Con la extrañeza y jocosidad que sólo chespirito ha logrado): “Es que mi mamá me dijo anda échale un ojo a los frijoles y yo le eche mi ojo, por eso me quedé tuerto”. Después de algunos minutos volví a la cocina, cogí un cucharon de palo y lo sumergí en la olla, comencé a darle vueltas y luego probé un poco de la sustancia caliente que hervía en la olla. Recién pude darme cuenta que era una sopa hervida con varias especias. Cogí de la alacena un plato hondo y serví un poco del contenido de la olla. Cual si fuera un equilibrista en una cuerda floja llevé el plato hasta la mesa. Luego apagué la cocina y me dirigí donde estaba el otro personaje. Me senté a su costado, llené la cuchara con sopa y la llevé a su boca. Ella levantó la mirada y me di con la sorpresa de que era mi madre. Una señora hermosa con todos los implementos que tiene un niño al comer. Pero eso no me fue impedimento para seguir alimentándola. Mi madre comenzó a renegar pero yo no caí en la angurria. Me votó la sopa y me dijo que no iba a comer eso e hizo un inconfundible puchero. Yo como buen padre, pero que en este caso era el hijo que alimentaba a su madre de cuarenta años, le canté: “Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña…” pesé a mis intentos ella seguía firme en su posición. Recurrí al otro método, cogí la cuchara y le hice imaginar que eso era un avión que volaba por todo el mundo y que después de un largo viaje iba a aterrizar en su boca. A ella ni le interesaba si un legítimo ovni aterrizaba en su paladar. Me sentía frustrado, estaba a punto de tirar la toalla, pero un halo de luz iluminó mi mente y me hizo saber que había un método infalible. Ese método tortuoso que recurre al miedo, esa especie de cuento de terror que los padres usan despiadadamente. Le dije pausadamente, para que entrara bien en su cabeza, que si no comía la sopa iba venir el cuco y se la iba a comer. Pero joder, que insensible se había vuelto mi madre. De un momento a otro se paró, arrojó el babero que tenía la cara de snoopy al suelo y cogió la cuchara. Me tiró un buen coscorrón e invirtió los papeles, era ella quien ahora me obligaba a comer. Yo sabía que no podía decirle que no, porque ella me amenazaría con el perverso cuco y yo para mi mala suerte, en el sueño, seguía creyendo fervorosamente en este monstruo peludo.

He vomitado todo el sueño que tuve y no cabe duda de que los sueñ
os, sueños son. Todo esto me ha hecho recordar algo que alguna vez escribí en uno de mis primeros cuentos: “Soñar es imprescindible. Alguna vez mi tío me dijo que soñar era escapar de la realidad y por eso nunca ha soñado. Creíble o no yo le respondí ¿Entonces, para qué eres humano?”

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