jueves, 18 de febrero de 2010

ANECDOTARIO 5



LA CRUEL REALIDAD

Yendo en el bus de regreso a mi casa, después de clases con un periodista que buscaba novia (Oiga usted ¡Todos buscamos novia!), me cuestiono intrigado al ver la foto que aparece en mi DNI de menores. ¿Quién este tipo? – me digo consternado. Sinceramente no sé como la RENIEC pudo haber aceptado la foto de un asaltante de carteras del Jirón de la Unión que ha sido atrapado infraganti y posa asustado ante la cámara, en vez de mi respetable (Seriedad por favor) rostro. Me miro bien en el espejo del chofer del bus y luego vuelvo a ver con extraña sensación el rostro que aparece en el documento de identidad. Ahora llevo una cabellera frondosa como si fueran varias ramificaciones que parten de un mismo punto. Indudablemente he engordado un par de kilos. Y como si fuera poco estoy siendo atacado por los estragos de la vejes prematura. ¡Por Dios! en qué clase de hippie me estoy volviendo. El joven nostálgico que ahora soy, comienza a sufrir la invasión de una razón justa: Exijo que las fotos que aparecen en los documentos se actualicen cada día y que respeten fidedignamente los azarosos problemas que puedan ocurrir en el individuo.


Me quedo un rato paralizado en la nada y me dispongo a leer "Gato Encerrado" del señor Ampuero. Un magnetismo cómplice de mis tribulaciones hace que me fije directamente en la contraportada del libro. Aparece un señor de edad madura, con un saco horrible de media estación, un pantalón que de seguro no es más grande porque no le alcanzó la tela para la confección (Pobrecito) y una calvicie característica de un limeñazo criollo. Pero en esencia nada de eso me perturba, lo que me llena de cólera es ver su buena pinta de escritor y su nada desdeñable sonrisa frente a la cámara. Otra vez, para mi mala suerte, vuelve el espíritu autodestructivo. ¿Porque no puedo salir decente ante el lente de un cámara? Indudablemente soy acreedor de las más malas fotos de la historia juvenil literaria. Ayer nomás, fui a inscribirme a la UPC y me tomaron la foto respectiva para ser entrevistado. No podía salir con gorro así que tuve que sacármelo y dejar a vista y paciencia de todos los postulantes mi achatado pelo. Traté de disimular el look arreglándome el cabello mientras me veía en una de las pantallas de la computadora vieja que usan los alumnos para saber sus notas. Llegué sereno a la cámara e intente poner una sonrisa forzada. Minutos después me entregaron el carnet de postulante. Lo recibí con ansias y al verme me di cuenta de que ya no tenía la mala suerte de parecerme a un facineroso de ligas menores. La imagen era peor aún, tenía una mirada de como quien amenaza de muerte a alguien, un reo contumaz que lanza una diatriba contra el lente de la cámara y trata de insinuar de algún modo esto: !Qué viva la revolución comunista! !Que viva Mao! !Qué viva Abimael, la cuarta espada!

He llegado a casa sin ganas de seguir pensando y más bien me he puesto a hurgar mis archivos más íntimos en los que aparezco en fotos heteróclitas y risibles. He encontrado una que es la elegida, donde para no variar sigo sin ser fotogénico, y la he colgado en mi facebook. Esa será la foto que aparecerá en la portada de mi libro (Si es que una editorial aventurera decide publicarme) y no habrá derecho a rectificación. La imagen es en blanco y negro, aparezco como todos los nuevos escritores jóvenes mirando al vacío, tratando de filosofar en medio de una pose vallejiana ("Hay hermanos muchísimo por hacer") y en medio del mutismo mi mirada refleja estas palabras: “Me gusta la literatura y como si fuera difícil, también escribo"

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